martes, diciembre 10, 2013

Z

La boca del lobo
es un lugar
al que no le deseo
a nadie entrar.

Durante una
buena temporada,
esta gruta húmeda,
fría y maloliente,
cuya abertura
al exterior custodian
afilados dientes
como cuchillos,
se va a convertir
en mi hogar.

Tengo que
estar agachada,
porque de pie
me choca el cogote
contra el paladar.

Tampoco 
es buena idea
estirar los brazos,
de lo contrario,
se me los comerá
de un bocado.

Los ojos, los cierro
de vez en cuando,
pues tardarán horas
en acostumbrarse
a la absoluta
oscuridad.

Presa de
un depredador
tan agresivo,
no puedo más
que recordar
y llorar bajito,
rindiéndome
a su dominio.

Carezco de
un arma con
la que pelear,
y, si grito,
será como
condenarme
al animal.

Sólo me queda
matar el rato,
poniendo
en orden
mis borrones
hasta el día
del juicio final,
en que el lobo
abra mucho
la boca,
bostezando,
y, muy deprisa,
me den las fuerzas
para escapar
a hurtadillas.

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