viernes, diciembre 13, 2013

W

El lunes fue a las diez de la mañana,
en el despacho de la psicóloga
con la que intento salir de este lío.
Apenas entré en su despacho,
ella me miró, callada, cariñosa,
y no me pude quitar ni el abrigo,
ni por supuesto pronunciar palabra.

El martes esperó hasta la hora de comer.
Me pilló de sopetón, en casa de tu madre, 
mientras hablaba sobre cómo deshacerme
de tus camisas, amontonadas en ristras, 
y de mi imperiosa e irracional necesidad 
por vaciar nuestra casa cuanto antes.

El miércoles sucedió en la portería
de la consulta de la dulce Mercè,
la persona que enciende una lamparita
cuando subo un escalón de mi duelo.
Esperaba el ascensor y discutía por teléfono
con un gestor muy antipático del banco.
Al gato pelirrojo de la portera,
se le pusieron los ojos como platos.

El jueves no es de extrañar que reapareciera
yendo a una revisión a la Clínica Dexeus,
al pasar por delante de la sala de espera
en la que hace un año admirábamos felices
a nuestro hijo en sus primeras ecografías,
intentando descifrar si era niño o niña.

Hoy, viernes, ha sido al salir del gimnasio,
subiendo por la acera a pleno sol,
había coches parados en el semáforo
y peatones que se giraban al verme pasar.
He tenido ganas de contarles: Sí, estoy fatal.

No tengo ni la más remota idea
de dónde o delante de quién
lloraré este fin de semana,
pero seguro que lo haré.

1 comentario:

Mercè Castro Puig dijo...

María, cariño, llorar aligera el alma y tú tienes permiso para llorar dónde quieras hasta quedar plácidamente serena, como un bebé.