domingo, diciembre 15, 2013

U

Cada vez
que enciendo
el ordenador
aparece tu imagen
en mi fondo
de escritorio.

Se te ve a lo lejos,
en bañador,
moreno,
sano,
feliz,
en medio
de una playa remota
de la Polinesia francesa.

Un ave,
tal vez una fragata,
sobrevuela
la inmensidad
azul del cielo
extendiendo
sus alas
justo detrás de ti.

Ignorando
las instrucciones,
te retraté
a plena luz del sol
con la cámara submarina
de usar y tirar
que vendían
en la tienda del hotel.

Poco después,
vimos delfines saltar,
buceamos entre tiburones,
comimos mahi-mahi a la brasa
y cantamos al son del ukelele
de un nativo llamado Aymou
que pesaba doscientos kilos.

Y yo te susurré al oído:
“Si algún día me abandonas,
volveré a esta isla perdida
a buscar a este gordito
para casarme con él”.

Tú te reías,
pero no puedo
reproducir tu risa,
ni el espacio
que llenabas a mi lado
sentado en la arena,
ni el olor de tu piel
impregnado de sal,
ni tu roce varonil y cálido,
con lo mucho
que me gustaba notar,
simplemente, 
tu presencia.

Cuando 
intento recordar
cómo eras,
no lo logro,
a mi historia
le faltan piezas
que no se han
revelado
en esta foto.


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