domingo, noviembre 24, 2013

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Hace una semana llovía,
hace una semana sentía,
hace una semana latía,
hace una semana vivía.

Déjate querer, me dicen todos,
pero ni el amor de mil personas juntas
juntan el uno por ciento del amor que necesito.

Y en medio de este circo macabro
de mensajes de pésame y féretros por catálogo
sólo mi sobrino de cinco años se atreve a decirme la verdad:
Qué mala suerte la tuya,
ahora tendrás que cuidar tú sola
del perrito y del bebé.

Esa sinceridad pueril y cruda al mismo tiempo  
de pronto me hace sostener en brazos a una niña
cuya ilusión en que la vida puede ser maravillosa
se ha roto en mil pedazos.
Los reyes no son magos, son sus padres.

Jamás la podré consolar.

Porque con la crueldad con que se empieza a perder la inocencia
se abre paso el oleaje de dolor que guardo dentro,
el agua negra y sucia que hasta ahora
he luchado por detener
mediante diques demasiado frágiles
mientras se agrietaba inexorable mi corazón.

Se ahogan mis ganas de hablar,
se me deshincha la lengua,
se empapan mis oídos.
Incapaz de seguir cualquier conversación,
me inundo entera de silencio.

Sé fuerte, lo superarás, me aseguran.
Pero, ¿cómo? Si mi ejército de evasivas
se ha batido en retirada.

Ya sólo puedo callarme
y observar el avance atroz
de los millones de recuerdos ocultos
que salen a flote montados en barquitas
navegando victoriosos por mi pecho,
un océano de angustia y soledad.

El primero ha sido esta tarde.
Sentada en el salón,
he retrocedido seis años de golpe
a la mañana de verano
en que apenas nos conocíamos
y me visitaste por sorpresa,
sonriente,
para llenarme de abrazos y besos porque sí.

Con la felicidad envenenada que atesora mi memoria
se libra en mis entrañas una sangrienta guerra submarina.

Escribe. Las letras te salvarán, me han dicho también.
Pero de momento no me dejan
ni definir lo que sentí con tu vida,
algo mucho mejor que el amor,
ni lo que siento con tu muerte,
algo mucho peor que el dolor.

Hasta que lo descubra,
me voy a cansar de llorar.






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