viernes, enero 12, 2007

Desde la ciudad no se ven las estrellas



Con cinco lustros escasos,
son pocas las primaveras
de jardines y azucenas,
de macetas y gardenias,
que ha vivido cultivado,
cada abril, el joven Mario.

Tierra arada en cautiverio,
brote verde florecido,
asume la decisión
que en labranzas ha tomado:

se queda con los cuarenta,
en la adulta que lo siembra,
porque a los veinticinco
cree no ser más chiquillo,
cree ser tallo fuerte y sano,
cree ser tallo conquistado.

No marchita su ilusión
de poseer los inviernos
de la mujer que a su lado,
tras otoños y veranos,
vende prisa en vez de tiempo,
arrugando calendarios.

Porque, a cambio, la experiencia,
sabe planchar las pasiones,
volcar frescura y vapores
en los pliegues que despiertan.

Y, luego, cuando oscurece,
se lleva al tinte las noches
para que sean más negras
y brillen más las estrellas.

© ML'2001

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